jueves, 17 de febrero de 2011

Thai Gardens

Importante: este restaurante sirve, de cortesía, unas galletas parecidas a chicharrones de harina llamados krupuk. ¡Cuidado! Están hechas de camarón. Otra cosa que debes tomar en cuenta es que las salsas que te ponen en la mesa no son todas vegetarianas. Al menos una de ellas es de pescado. Asegúrense de verificar los ingredientes de cualquier cosa antes de comer.


Es posible que lo que enuncie a continuación suene completamente contradictorio e ilógico: soy una persona que detesta el calor, que se confunde en países donde no habla el idioma y que tiene poco aprecio (ahí es culpable mi ignorancia, lo admito) por las culturas del sudeste asiático. Me es mucho más factible imaginarme haciendo senderismo por los Montes Pamir, bebiendo infusiones en una casa de te de la ciudad vieja de Karachi, o siguiendo en bicicleta la ruta de Hiroshige en Honshu que recorriendo las playas de Tailandia como si fuera un australiano con afición al alcohol barato que se tomó un año sabático para tirar la hueva al máximo. Y a pesar de esto, me queda claro que muero de ganas de ir a Tailandia. La razón de ello no es atribuible a mi interés de conocer las congestionadas y sucias calles de Bangkok, ni los templos budistas de Wat Pra Kaew. Me importa muy poco cruzar el mundo entero para nadar en una playas (prístinas, claras, tropicales) similares a las que seguramente se encuentran en el Golfo de México. La razón, queridos lectores, por la que consideraría seriamente ir a Tailandia aunque eso ocasionara mi bancarrota financiera tiene que ver con mi afición por su comida.

La gastronomía tailandesa es una de las más ricas y complejas, no sólo de Asia, sino del mundo entero. Una combinación de ingredientes tropicales autóctonos, así como de otros que fueron llegando a lo largo de los siglos (la peninsula malaya, que comparten hoy en día Tailandia, Malasia y Singapúr, ocupapa un lugar estratégico entre las Filipinas españolas y tanto China y las colonias portuguesas del Mar Índico) convierten a la de esta nación en una de las más sofisticadas y deliciosas cocinas del mundo.

De un fuerte carácter frutal, ingredientes como el mango, la hoja de limón, los lichis, la piña, el plátano macho y el coco se mezclan con tallarines, arroz, verduras y condimentos como el curry y distintos tipos de chiles para elaborar platillos cuya variedad es todo un lujo para el paladar. Tailandia es un país de mayoría budista y cada año celebra, en las calles de Phuket, el Festival Vegetariano, durante el cual la ciudad entera de aboca a la purificación del cuerpo (se supone que el llevar una dieta vegetariana durante unos días ayuda a este propósito) y a atravesarse el cuerpo con enormes objetos metálicos (todo sea por alcanzar la iluminación).

Desafortunadamente, la Ciudad de México nos vuelve a quedar un poco mal en lo que a una oferta de restaurantes tailandeses supone. Mientras que países europeos y las grandes ciudades de las costas estadounidenses tienen una abundancia de restaurantes tailandeses baratos y buenos, la Ciudad de México sólo cuenta con algunos restaurantes de fusión que ofrecen pocas opciones del sudeste asiático, así como con un puñado de restaurantes tailandeses que, aunque nada baratos, hacen bien su trabajo.

Hace poco, celebrando el cumpleaños de un miembro de la familia, comí en el Thai Gardens de La Condesa (Tamaulipas 100, Condesa; 5256 0500. Abierto todos los días).
Aunque se trata de un restaurante omnívoro, los platillos aptos para vegetarianos (o vegetarianizables) están muy bien señalados en el menú. Además, se pueden hacer sustituciones de ingredientes (por ejemplo, me pusieron tofu en lugar de camarones en mi pad thai).

El restaurante es algo caro, sobre todo en cuanto a bebidas (las piñas coladas costaban 100$; incluso los tragos sin alcohol valían todos alrededor de 70$). Los platillos (entre 120 y 250$ por un plato fuerte) tampoco se quedan atrás en este aspecto, aunque las porciones son grandes.

Pero en fin, hablemos de la comida:

De entrada probé uno de los rollitos tailandeses (poh pia, 65$ por cinco piezas) de mi acompañante, que ella pidió vegetarianos. Sin embargo, no me pareció muy especial: estaba relleno de fideo transparente y no tenía verduras de ningún tipo.



Sin embargo, pedí también la sopa taa kaa kai . Era la única sopa que se podía hacer vegetariana. Me cercioré con el mesero de que la sopa no llevara caldo de pollo (en el menú se menciona que la sopa lleva pechuga). Sin embargo, me reiteró que la sopa, cuando es vegetariana, se prepara sin el pollo. La sopa fue sin duda la mejor parte de mi comida: el caldo era de coco picante con jengibre tailandés (galanga) y hoja de limón. Adentro llevaba ejotes, champiñones y calabaza. Soy, quizá por mi incompetencia para preparlas, un verdadero amante de las sopas, tanto así que pagué 85$ por ésta. Sin embargo, no me arrepiento: se trató de una de las mejores sopas de mi vida. Si volviera a comer ahí ordenaría la sopa, aunque es probable que la pediría sin ejotes (algo personal).




De plato fuerte pedí el Pad Thai con cacahuate (145$). La ración es abundante (compartible, incluso) y el platillo viene bien servido. Dado que lo pedí vegetariano, me cambiaron los camarones y el huevo por trozos de tofu marinado y ligeramente frito. Muy rico el tofu, aunque el pad thai no pasó de ser un pad thai promedio. Sin embargo, si nunca has probado el Pad Thai, éste es un buen lugar para hacerlo. Difícilmente encontrarás otro lugar en la ciudad donde te lo puedan preparar con tofu, así que lo recomiendo por este lado.



Los postres incluían algunas opciones veganas (helado de lichi, lichis bañados con leche de coco sobre una cama de arroz; plátanos hervidos con leche de coco) y otras vegetarianas (flan de coco), que, como ya se se habrán percatado, giraban todas en torno a los lichis y al coco (no tengo problema con eso). Probé el flan de coco, así como un pedacito del pastel de chocolate de mi hermana. Ambos estaban deliciosos, aunque el pastel de chocolate lo estaba aún más que el flan.



En cuanto a otros detalles, debo advertir que los tiempos de servicio son un poco tardados. Sin embargo, esto no se debe a incompetencia, sino a que todo se prepara en el momento. Si te sientas abajo podrás ver cómo varios chefs (tailandeses, certificados por la Casa Imperial) elaboran los platillos. Me da también la impresión que si te sientas en el piso de arriba, obtendrás peor servicio que si lo haces abajo, que es donde están la mayoría de las mesas.

¿Vale la pena el Thai Gardens? En lo personal, lo recomendaría como un buen lugar para una comida poco convencional y con muy buenas opciones y disposición hacia los vegetarianos. El ambiente, aunque sofisticado, no es abrumadoramente pretencioso ni chic en exceso, cosa que se agradece (odio tener una bocina con punchis punchis a todo volumen junto a mí mientras engullo). Eso sí: preparen la cartera que, aunque más barato que un vuelo de México a Bangkok, comer aquí no es la opción más económica de la ciudad.

domingo, 13 de febrero de 2011

Delirio



El día de hoy Delirio, el restaurante de Mónica Patiño (famosa entre otras cosas porque tenía un programa de cocina en el canal 11 cuando yo era niña), cumplió un año y lo festejó con un "picnic urbano" sobre el camellón de Álvaro Obregón. Aprovechando el viaje me di una vuelta por el restaurante que aunque no es estrictamente vegetariano, es completamente "vegetarian friendly".


El concepto del restaurante es algo entre deli y self-serve. Tienen tres platillos diarios, de los cuales siempre una opción es vegetariana, y sandwiches à la carte. Entre semana el menú incluye sopa y una guarnición. La carta en general no es muy amplia, lo que hay es básicamente lo que está en las barras y cambia cada día.


El lugar es muy pequeño y algunas mesas son comunales. Hay una barra de alimentos y una de bebidas y se ordena ahí directamente. En la barra te asignan un número y cuando tu orden está lista alguien te llama detrás de la barra al tiempo que hace sonar un timbre de mostrador de hotel de película de Kubrick. El número sirve para registrar las órdenes de ambas barras y con ese mismo número te cobran en la caja. Fácil.


Una tienda gurmé comparte espacio con las mesas: miel mantequilla; mole de la tía Maru; sazonador para frutas (una mezcla de flor de jamaica, chiles secos y sal de mar -¡Mmmm!); mezcla de especias para té chai; compota de guayaba con cardamomo (doble ¡Mmmm!) y mezcal Alipus son parte de la variedad. Si son antojadizos y les gusta cocinar les sugiero que vayan con las carteras bien llenas.


La comida me pareció deliciosa. Las mezclas de sabores hablan por sí solas y los platillos en general no llevan demasiada sal ni demasiada azúcar. Tip: el pastel de zanahoria con betabel y cardamomo no tiene madre.


En cuanto a precios no es un lugar excesivamente caro, pero tampoco es barato. Para que se den una idea, hoy comimos tres personas muy frugalmente y pagamos cerca de 80 pesos cada uno. Sospecho que entre semana los precios cambian, prometo investigarlo mejor en una segunda visita. También sospecho que con esas compotas, los desayunos ahí deben ser paradisíacos.


Después de comerme una berenjena rellena, un jitomate horneado con romero y aceite de oliva de Ensenada (porque sí, amigos, Delirio es un restaurante que practica el consumo local) y un falafel con jocoque, me di una vuelta por el picnic urbano. Como el festejo era menos vegetariano de lo que me habría gustado, me dediqué a probar todos los postres posibles -pobre de mi. Y sí, hasta en los postres Delirio se saca un 1o: merengue con zarzamoras salseado con mango y maracuyá, yogourt con crema de limón y una galleta de vainilla; cupcakes; brownie de chocolate; el ya laureado pastel de zanahoria con betabel (no muy dulce y con el mejor frosting de queso que he probado); alfajores... en fin.


En cuanto al servicio, en general uno tiene que buscar hasta sus cubiertos, lo cual me parece excelente, pero debo decir que el mesero, en las poquísimas ocasiones que de hecho le necesitamos, fue... parsimonioso, por decir lo menos. Pero no dejen que eso los detenga.


Delirio
Monterrey 116 esquína con Álvaro Obregón
Colonia Roma


jueves, 3 de febrero de 2011

Falafelito




Más que una moda culinaria, el falafel ha protagonizado de algunos años hacia acá una auténtica invasión. Desde Bratislava hasta Barcelona, desde Lisboa hasta Helsinki, las croquetas de garbanzo en pan pita acompañadas de hummus, tahini y verduras de toda clase (lechuga, jitomate, aceitunas, entre otras) se han vuelto uno de los más -sino es que el más- popular de los llamados fast foods en Europa.
Lo que empezó como una excentricidad culinaria ofrecida exclusivamente en algunos barrios de turcos en Alemania se convirtió poco a poco en una explosión: hoy, no hay ciudad europea en la que no sea posible degustar un buen y llenador falafel a un módico precio. Estas dos características -ser sustancioso sin costar mucho- convierten al falafel en una muy tentadora opción para estudiantes, mochileros pránganas y borrachos nocturnos.
Sin embargo, la popularización del falafel en Europa es relativamente reciente. Su origen se remonta al antiguo Egipto (los cristianos cópticos fueron los primeros en hacer bolitas de garbanzo para comer durante la cuaresma), pero su arraigo en todo el Medio Oriente es tal que, hoy en día, el falafel es una de las pocas cosas con las que comulgan tanto cristianos (Egipto, Líbano), musulmanes (Jordania, Siria, Yemen) y judíos (Israel). Esto nos muestra, nuevamente, que las barreras gastronómicas son más fáciles de derrumbar que las ideológicas.

De la popularidad del falafel no nos podemos quejar: además de hacerle la vida más sencilla y barata a los vegetarianos que viven y viajan por Europa, creo que es preferible comer garbanzo con verduras cocinadas por inmigrantes que intentan sacar adelante a sus familias que hamburguesas hechas con la carne de una vaca maltratada y cuya venta en masa servirá para llenarle los bolsillos a algún accionista holgazán.

Lo único de lo que uno se podía uno quejar era que el falafel seguía siendo difícil de conseguir en la Ciudad de México. A pesar de ser una ciudad que ha recibido oleadas de inmigrantes judíos, libaneses y árabes, hasta hace unos años el falafel seguía siendo una excentricidad que sólo se podía comer en restaurantes establecidos y no en puestos informales de comida, tal y como acontece del otro lado del océano.

Sin embargo, hace poco las cosas en la ciudad cambiaron. Primero vino Munch Falafel con sus paquetes (y tipografía y combinaciones de colores que recuerdan -quizá en exceso- a Maoz, una famosa cadena holandesa de falafel). Hubo algún otro lugar (recuerdo uno llamada Benzonah en Polanco, que tuvo corta vida), pero éste quizá era el más céntrico y popular de los sitios informalones para comer falafel. Sin embargo, ambos sitios cerraron ya, aunque Munch falafel, según me comentaron, quizá abra sus puertas nuevamente en otro lugar.


Hoy por hoy, el único lugar 100% vegetariano para comer falafel en la ciudad es Falafelito (Chilpancingo s/n. Esquina con Av. México. Col. Hipódromo De La Condesa. Tel. 4150 4070). Se trata de un pequeño localito que ofrece falafel a la usanza europea: la mayoría de los comensales están de pie. Contrario a Munch, que era un local más establecido con sillas, mesas, baño, etc., Falafelito es, literalmente, un hoyo en la pared. La barra de Falafelito cuenta con un par de banquitos nada más y la última vez que estuve ahí sentí que mi suéter corría el peligro de ser víctima de un chisguete de tahini (si no quieres que los clientes se sirvan aderezo a 10 centímetros de tu cabeza, entonces quizá lo mejor sea que te busques un asiento en las jardineras).



Sin embargo, Falafelito cuenta con, como decimos acá en la ciudad, mucha onda. El lugar es pequeño, cool, amable y sirve buena comida a buenos precios. Preparan un falafel rico y crujiente, y tienen abundantes opciones en lo que a la barra de verduras concierne. Además, como ya dije, Falafelito es 100% vegetariano: no tendrás que preocuparte de que aparezca un pedazo de carne tipo schwarma entre los contenidos de tu pan pita.

La carta es sencilla (un lugar pequeño no puede preparar muchas cosas) y se puede ver a continuación:

(fuente: www.falafelito.com)

Recomendamos ampliamente el Falafelito como un excelente lugar para comer una deliciosa y vegetariana comida rápida en La Condesa. Sin lugar a duda, el lugar llena un vacío injustificable en la ciudad pues, a mi juicio, no hay metrópolis global del siglo XXI que se pueda jactar de serlo si no tiene un changarro de falafel en sus calles. Ojalá, de verdad, que Falafelito sea el primero de muchos.


(predicción cortesía del oráculo del falafelito)

Saludos terrícolas, digo vegetarianos

Gracias, gracias por esa cálida bienvenida. No tantas gracias por esa foto: que no se engañe el lector, sí voy por la vida con los ojos abiertos... menos cuando duermo.

He de confesar que desde que me volví vegetariana este blog ha sido un poco como el único recurso de confianza a mi disposición. No sólo hay poca cultura vegetariana en México sino que tiene poca presencia en la red, así que me hace muy feliz que Diego me invite a participar aquí. Aunque, bien pensado, estaría más chido que me invitara a cenar (cof, cof) que así como lo ven de punketo cocina bien rico.

Ya viene mi primera reseña. Si no tiene fotos es porque mi celular no está al día en cuanto a tecnología, usté dispense.





miércoles, 2 de febrero de 2011

Noticias

Estimados seguidores y vegetarianos de chilangolandia:

Les vengo con buenas noticias. Resulta que muy pronto, y tras una larga e inmerecida interrupción, éste, su blog de confianza, se renovará con más información y reseñas de los mejores sitios de la ciudad para disfrutar el estilo de vida vegetariano.

¿Ya saben cuál es el mejor lugar de Coyoacán para comer unos tacos de «venado» de gluten? ¿O saben qué local de La Condesa prepara un suculento falafel digno de cualquier ciudad del Medio Oriente? ¿Conocen las tiendas naturistas donde se pueden conseguir «quesos» elaborados sin lácteos, aptos para veganos? ¿Ya probaron lo mejor de la cocina de Bangladesh en la Ciudad de México? ¿Saben en qué apacible local de Tlalpan preparan los mejores sandwiches de chorizo de soya?

Para todo esto y más, manténganse sintonizados a este blog que, además, cuenta a partir de ahora con una nueva colaboradora: la bella, intrépida y, por supuesto, vegetariana Emma Zunz, cuyo buen paladar y aptitudes culinarias me son de sobrado conocidos. Ella nos mostrará, a partir de los próximos días, sus lugares favoritos y descubrimientos recientes.



(En esta foto: la querida Emma en el momento en que se hurta uno de mis rollos en la Mecca del sushi vegano, Soy and Sake)


Así que prepárense: no habrá menú marcobiótico a salvo de nuestros voraces apetitos herbívoros ni restaurante vegetariano que quede excento del escrutinio de nuestros paladares.

Como quien dice: Vegeméxico está de vuelta.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Delirio vegetariano en San Cristóbal de las Casas


(Letrero engañoso en Tziscao. Lo único vegetariano que tenían era quesadillas de queso o de hongos)

No cabe duda de que San Cristóbal de las Casas es una de las ciudades más bellas e interesantes de México. Más allá de las hordas de turistas alternativos que llegan en busca de la experiencia indígena y revolucionaria, San Cristóbal tiene mucho que presumir. Tiene arquitectura colonial, paisaje, natural multiculturalidad, color, carisma y, claro, opciones vegetarianas.
Vagar por San Cristóbal es un verdadero placer. Sentir la niebla que exhalan las montañas, las nubes que bajan hasta la calle, el verdor de los cerros, el ambiente relajado (nada que ver con el DF, nada) es un privilegio que no deja de sorprenderme cada vez que voy.
Una de las cosas que más llaman la atención acerca de San Cristóbal es la enorme cantidad de establecimientos que ofrecen productos de altísima calidad elaborados de forma tradicional, siempre a un excelente precio. San Cristóbal es un auténtico punto de confluencia de toda clase de creatividades. Desde indígenas tzotsiles, tzeltales, mayas; hasta jipis gringos, franceses y mexicanos. Todos dan lo mejor de sí en San Cristóbal. Las cosas en San Cristóbal van hechas con amor y cierta sensibilidad que sólo brota en lugares con (vomitivo cliché a la una, a las dos, a las...) magia. Por eso, en San Cris encontrarte con cosas hermosas es fácil, lo especial es ordinario.
La amena vibra de San Cristóbal y su afluencia de visitantes jóvenes hacen del pueblo un campo fértil para el vegetarianismo y las propuestas orgánicas. Hace unos meses tuve la oportunidad de dar una vuelta por ahí y he de reconocer que la ciudad no decepciona. San Cristóbal debe ser la ciudad con mayor cantidad de establecimientos vegetarianos per cápita en el país. Les platicaré de la santísima trinidad a continuación.

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1. La casa del pan, Dr Navarro no. 10




Creo que se trata de una sucursal de uno de mis restaurantes favoritos del DF. La casa del pan es un espacio de verdadera felicidad. La panadería, el restaurante, todo es fabuloso. Mi hostal estaba a unas cuantas cuadras (bueno, a un par de cuadras...aclaro porque todo en San Cristóbal está “a unas cuantas cuadras“) y en varias ocasiones me escapé. No les miento: los mejores roles de canela que he comido en mi vida esperaban por mí en una canasta de pan recién horneado en una de sus repisas.
También tuve la oportunidad de cenar en el lugar. La comida es buena, variada. Contrario a la sucursal del DF donde más bien venden cosas de repostería y sandwiches, en ésta es posible degustar platillos relativamente sofisticados. Los precios son bastante altos comparado con el precio promedio de una comida en San Cristóbal (Chiapas sigue siendo la entidad más pobre de la república) y por alguna extraña razón los meseros son todos gueritos que no hablan español, pero el lugar vale la pena por la música en vivo y la excelente preparación de los alimentos.


2. Falafel, María Adelina Flores no. 4

Era enero del 2008. No había cenado la noche anterior, no había desayunado esa mañana, ya era hora de la comida. Regresaba de visitar San Juan Chamula y seguía mareado de tanto copal quemado y de la fabulosa y un tanto tenebrosa experiencia. Caminé del mercado al centro y me percaté de una publicidad. Falafel, decía. Seguí las indicaciones hasta encontrar el local prometido. Entré, pedí, esperé. Cuando el platillo llegó a mí, di la primera mordida. El pan pita estaba recién salido del horno, el falafel estaba crujiente, el hummus casero era cremoso. Unos israelistas con los que compartí la mesa me dijeron que este falafel estaba tan rico como el que se consigue en medio oriente. (Y es que, en efecto, el dueño es israelí.)

Así que alguien convénzame de que San Cris no es el pinche centro del mundo.


3. Mayambé, Real de Guadalupe 66, casi esquina con 5 de febrero

A pesar de no ser un restaurante estríctamente vegetariano, Mayambé es una excelente opción para todos aquellos que busquen excelente comida vegetariana. Comí ahí con un par de amigas en mi última tarde en San Cris. Nos detuvimos a comer en el pueblo y la verdad es que yo llevaba días que el sitio me había llamado la atención. Las convencí de que comiéramos ahí, pero nadie me reclamó al respecto. La comida tardó un poco, pero valió mucho la pena. El simple hecho de que en San Cristóbal se pueda degustar una comida indú a un precio razonable pone este pueblo a años luz de La Condesa. El sitio está decorado eclécticamente, la atención es buena (el día que fuimos nos atendió un sikh con acento argentino, lo cual dice mucho de la naturaleza misma de San Cristóbal), la preparación de los alimentos es en el momento, y los precios son buenos. Y puedes escoger indú, vietnamita, tailandés, entre otras cocinas asiáticas. ¿Así o más?

domingo, 30 de agosto de 2009

Perfiles: Monterrey Vegetariano



Monterrey tiene mala fama entre los vegetarianos. Cuna de la carne, patria del cabrito: entre los estereotipos del imaginario nacional, Nuevo León aparece más como tierra prometida de vaqueros y ganaderos que de herbívoros.
Cuando me dijeron que tendría que ir a Monterrey durante diez días por razones de trabajo, me pregunté a mí mismo: ¿Qué comeré?
Conozco a más de un vegetariano que me ha confesado haber tropezado accidentalmente en Monterrey. No lo dudo: el arroz con caldo de pollo, las tortillas hechas a base de manteca de cerdo y los frijoles colmados de grasa animal son escondites perfectos para nuestros más profundos temores.
Así que me preparé mentalmente para lo que pensé serían 10 días de aciagas ensaladas del huerto, de carísimos espaguetis al pomodoro en charola de room service (normalmente lloro cuando pago de mi bolsa por una comida así, menos mal los viáticos), de interminables preguntas sobre los ingredientes en los restaurantes. Y debo reconocer que mis dudas simplemente se cuadruplicaron al primer día cuando, tras comunicarle mis preferencias alimentarias a mi grupo de trabajo, escuché las mandíbulas de varios compañeros regios estrellarse contra el suelo.
Hubo quien me dijo que «jamás en su vida había conocido a alguien como yo», así como quien pensó que estaba intentando tomarle el pelo. Hubo otros que se mostraron más curiosos y me comentaron haber incluso probado alguna vez el tofu.
Sin embargo, en algo estaban de acuerdo: un vegetariano en Monterrey es ave exótica, cosa poco vista.
Pero lo último que se pierde es la esperanza. Unos cuantos clicks en googlelandia me llevaron a descubrir el blog de Sharon y encontrar que en Monterrey había más que machaca, carne asada y chorizo. Fue con renovados ánimos que me dispuse a descubrir el Monterrey vegetariano el fin de semana y a compartir mis hallazgos con el mundo.
He de adelantarles que en el fondo sospeché que tendría éxito. A pesar de que Monterrey es reaccionario, priísta, agringado (franquicias más allá del horizonte; las únicas estrellas que iluminan el cielo lleno de smog son marca Carl´s Jr.), la ciudad también es espacio de concentración cultural. Tal vez el centro histórico no sea gran cosa, ¿pero cuántas bandas de primer nivel no han salido de tierras regias? Por ejemplo, los Plastilina Mosh o algunos de los grupos más destacados de la escena punkera de principios de siglo (recuerdo muy gratamente a los Antikuados entre el soundtrack de mi adolescencia). Y no sólo bandas: revistas como La Tempestad y autores como Alfonso Reyes nacieron al pie del Cerro de la Silla.
Así que, ignorando el hecho de que el calor de Monterrey ruge a 40 grados centígrados a mediados de agosto, emprendí mi búsqueda. Y he de decir que Monterrey no decepciona. La verdad es que al final descubrí casi 10 restaurantes pero, debido a restricciones temporales (se trataba de un viaje de trabajo), sólo tuve la oportunidad de acudir a dos de ellos, así como a un par más que ofrecían opciones vegetarianas.


Superbom



Superbom apareció como un oasis de aire fresco en medio de un desierto de pavimento. De pavimento a 40 grados, he de añadir. Imagínense: era domingo al medio día, ya había intentado ir a dos restaurantes vegetarianos y ambos estaban cerrados. Encontrar las puertas de Superbom abiertas fue un regalo de dios. Y ni se diga el buffet: 80 pesos por todo lo que puedas comer, incluyendo barra de ensaladas y refill de agua. Creo que es un trato justo.



Me retaqué de milanesas vegetarianas deliciosamente empanizadas y acompañadas de chiles toreados y cebolla asada; de alambres con trozos de jugosa soya horneada y jitomates cherry; de lasaña con queso y soya, y de unas maravillosas chimichangas rellanas de verdura (parecían rollitos primavera). Comí también ensalada con ceviche (cero pescado) y todo me lo bajé con tragos de refrescante agua de tamarindo, acompañado también de sopa de garbanzo muy rica.
El lugar además, concurrido: se ve que la fama de Superbom se extiende más allá de su calle. El encargado me explicó los platillos uno por uno. Además, me contó que Superbom lleva 24 años atendiendo a su clientela. ¡Wow! ¿Hace 24 años ya había restaurantes vegetarianos en Monterrey? Mis respetos.



Superbom está en Galeana 1018, en el mero centro peatonal de la ciudad. Abre todos los días, menos los sábados, y su horario va de las 12 del día hasta las 6:30 de la tarde. Se puede armar un menú o simplemente servirse del buffet, y el precio varía acorde. Apto para veganos.




Mei Wei



Mi comida favorita en Monterrey fue sin dudas ésta. He de admitir que no se trata del local más nice del mundo. Me recordó más bien a las cocinas económicas del centro de las ciudades del altiplano peruano y boliviano, carentes de estética, funcionales hasta la madre. Las sillas y la fachada: simples, al igual que el interior. Los botes de picante que adornan la mesa parecen llevar ahí desde tiempos de Mao Tse Tsung. Y sin embargo, el Mei Wei ha sido uno de los grandes descubrimientos vegetarianos de mi vida.
Permítanme decirle a todos los chilangos que creen que la mecca vegetariana del país está a 2240 metros de altitud: ya quisiéramos tener un Mei Wei en Tenochtitlán. Pobres de nosotros.
Además de que el lugar es baras baras (un plato con abundante arroz frito, abundante porción de soya agridulce y un rollo primavera talla pornstar, te sale en 35 varos), se come DE POCA MADRE. El arroz, delicioso, auténtico. La soya agridulce de una consistencia sorprendente, jugosa. El rollor primavera: crujiente y retacado de cosas ricas. Y, no mamar, TODO ES VEGANO. Así es. El dueño (un chino vegetariano y super amable y que hasta me explicó cómo se hace la salsa agridulce) me contó que no usan ni huevo, ni lácteos ni carne. ¿Qué tal les quedó el ojo?


Devoré los contenidos de mi plato a pesar de haber almorzado apenas unas cuantas horas antes. Cada bocado de ese manjar fue un orgasmo para mis papilas gustativas. ¡Y yo que pensaba que bajaría de peso en Monterrey! Pues es que nadie me dijo que el paraíso de los vegetarianos estaba en un localucho del centro regiomontano. Y se nota que el Mei Wei no es precisamente el secreto mejor guardado de la ciudad: durante el tiempo que estuve ahí, desfilaron por la barra hipsters pseudorockers y veinteañeros post-emos cubiertos de tatuajes. El lugar definitivamente tiene su onda. Altamente recomendable.



Mei Wei abre de lunes a sábado, de las 12:30 del día a las 7 pm. Se paga de acuerdo con el número de porciones que se piden. Por ejemplo, arroz chino acompañado de un guiso cuesta $27. Pan chino y rollos primavera, 10$. Cuenta con servicio para llevar. Dirección: Leona Vicario 801-A Sur entre Padre Mier y Morelos, Col. Centro.


Baan Mai Thai



El otro restaurante que visité fue el Ban Mai Thai. Se trata de un sitio más bien de alcurnia. El lugar está en el segundo piso de un strip mall de alto consumo en avenida Vasconcelos, que es algo así como la versión regiomontana de Paseo de las Palmas. La decoración del restaurante está muy cuidada (flores, motivos tailandeses), y el servicio es de primer nivel. Las opciones vegetarianas son bastante limitadas pero las que probé estaban deliciosas y bien servidas. Pedí el pad tai sin camarones y sin huevo. Venía acompañado de cacahuate natural y chile guajillo, así como de salsa de ciruela y siraracha, las cuales venían servidas aparte. También pedí un arroz (khao pat) con piña, que venía servido en la misma piña. También estaba delicioso, y llevaba nuez de la india, excelente toque.




Pero lo mejor fue el postre. El khao niao mamuang. Se trata de una cama de sticky rice tailandés bañada con leche de coco y cubierta de lichis rebanados, todo al vapor. A pesar de que no suelo ser fan de los postres calientes, éste me puso a halucinar. Es uno de los mejores postres que he comido en mi vida. Super recomendable.



Lo malo de aquí es que no hay tantas opciones vegetarianas, y muchas de las opciones que aparecen marcadas como vegetarianas no lo son (llevan pollo o pescado). Como para causar más enredo, algunos arroces que son vegetarianos no vienen anunciados como tal. Así que es un poco confuso. También hay que corroborar los ingredientes de todo con los meseros porque incluso una de las ensaladas que viene promocionada como vegetariana se prepara con aderezo de pescado (!!). El precio, aclaro, no es nada como el Mei Wei. Acá gastarás unos 250 pesos por piocha (aunque no tengas barba). La comida se sirve al centro así que vale la pena ir acompañado para disfrutar del convite.

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La mala noticia la guardé para el final: Un Mundo Raro, pequeño tienda de antiguedades que vendía comida y postres veganos (la imagen de arriba es de su fachada), ha cerrado. La parte de la cafeteria aclaro, pues como tienda de antiguedades sigue operando. Me costó trabajo encontrar el lugar abierto: sólo funciona de martes a sábado y cierra antes de las siete, lo cual es cosa poco vista en el barrio antiguo, un sitio donde la movida es decididamente noctura.
El chico que lo atiende, Roberto, un vegan comprometido con los derechos de los animales, me comentó que tienen ganas de volver a servir comida, pero no será en el corto plazo. Entonces: hoy por hoy, por desfortuna, un Mundo Raro no vende alimentos. Una lástima, porque cuando me platicó de los postres me dieron ganas de probarlos todos.
Por suerte, a media cuadra está Tierra Libre. A pesar de no tratarse de un sitio estrictamente vegetariano, venden varios alimentos adecuados para los veggies y unos smoothies de tamarindo que sofocan cualquier calor. Las hamburguesas vegetarianas y los bagels están llenadores y bien servidos (hay opciones vegetarianas). Buenos precios, artesanías en todas partes y cojines en el piso (allá abajo se siente menos el calor) hacen del lugar un sitio agradable y ameno para una tarde de fiaca.



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Como conclusión, Monterrey tiene sus opciones. Pero tampoco es el paraíso: la cocina norteña es una pesadilla para cualquier vegetariano, un acto de terrorismo para las arterias. Monterrey está lejos de convertirse al vegetarianismo, pero los vegetarianos no tienen necesariamente que sufrir. Ojalá que esto sirva a alguien.