
Más que una moda culinaria, el falafel ha protagonizado de algunos años hacia acá una auténtica invasión. Desde Bratislava hasta Barcelona, desde Lisboa hasta Helsinki, las croquetas de garbanzo en pan pita acompañadas de hummus, tahini y verduras de toda clase (lechuga, jitomate, aceitunas, entre otras) se han vuelto uno de los más -sino es que el más- popular de los llamados fast foods en Europa.
Lo que empezó como una excentricidad culinaria ofrecida exclusivamente en algunos barrios de turcos en Alemania se convirtió poco a poco en una explosión: hoy, no hay ciudad europea en la que no sea posible degustar un buen y llenador falafel a un módico precio. Estas dos características -ser sustancioso sin costar mucho- convierten al falafel en una muy tentadora opción para estudiantes, mochileros pránganas y borrachos nocturnos.
Sin embargo, la popularización del falafel en Europa es relativamente reciente. Su origen se remonta al antiguo Egipto (los cristianos cópticos fueron los primeros en hacer bolitas de garbanzo para comer durante la cuaresma), pero su arraigo en todo el Medio Oriente es tal que, hoy en día, el falafel es una de las pocas cosas con las que comulgan tanto cristianos (Egipto, Líbano), musulmanes (Jordania, Siria, Yemen) y judíos (Israel). Esto nos muestra, nuevamente, que las barreras gastronómicas son más fáciles de derrumbar que las ideológicas.
De la popularidad del falafel no nos podemos quejar: además de hacerle la vida más sencilla y barata a los vegetarianos que viven y viajan por Europa, creo que es preferible comer garbanzo con verduras cocinadas por inmigrantes que intentan sacar adelante a sus familias que hamburguesas hechas con la carne de una vaca maltratada y cuya venta en masa servirá para llenarle los bolsillos a algún accionista holgazán.
Lo único de lo que uno se podía uno quejar era que el falafel seguía siendo difícil de conseguir en la Ciudad de México. A pesar de ser una ciudad que ha recibido oleadas de inmigrantes judíos, libaneses y árabes, hasta hace unos años el falafel seguía siendo una excentricidad que sólo se podía comer en restaurantes establecidos y no en puestos informales de comida, tal y como acontece del otro lado del océano.
Sin embargo, hace poco las cosas en la ciudad cambiaron. Primero vino Munch Falafel con sus paquetes (y tipografía y combinaciones de colores que recuerdan -quizá en exceso- a Maoz, una famosa cadena holandesa de falafel). Hubo algún otro lugar (recuerdo uno llamada Benzonah en Polanco, que tuvo corta vida), pero éste quizá era el más céntrico y popular de los sitios informalones para comer falafel. Sin embargo, ambos sitios cerraron ya, aunque Munch falafel, según me comentaron, quizá abra sus puertas nuevamente en otro lugar.
Hoy por hoy, el único lugar 100% vegetariano para comer falafel en la ciudad es Falafelito (Chilpancingo s/n. Esquina con Av. México. Col. Hipódromo De La Condesa. Tel. 4150 4070). Se trata de un pequeño localito que ofrece falafel a la usanza europea: la mayoría de los comensales están de pie. Contrario a Munch, que era un local más establecido con sillas, mesas, baño, etc., Falafelito es, literalmente, un hoyo en la pared. La barra de Falafelito cuenta con un par de banquitos nada más y la última vez que estuve ahí sentí que mi suéter corría el peligro de ser víctima de un chisguete de tahini (si no quieres que los clientes se sirvan aderezo a 10 centímetros de tu cabeza, entonces quizá lo mejor sea que te busques un asiento en las jardineras).

Sin embargo, Falafelito cuenta con, como decimos acá en la ciudad, mucha onda. El lugar es pequeño, cool, amable y sirve buena comida a buenos precios. Preparan un falafel rico y crujiente, y tienen abundantes opciones en lo que a la barra de verduras concierne. Además, como ya dije, Falafelito es 100% vegetariano: no tendrás que preocuparte de que aparezca un pedazo de carne tipo schwarma entre los contenidos de tu pan pita.
La carta es sencilla (un lugar pequeño no puede preparar muchas cosas) y se puede ver a continuación:
Recomendamos ampliamente el Falafelito como un excelente lugar para comer una deliciosa y vegetariana comida rápida en La Condesa. Sin lugar a duda, el lugar llena un vacío injustificable en la ciudad pues, a mi juicio, no hay metrópolis global del siglo XXI que se pueda jactar de serlo si no tiene un changarro de falafel en sus calles. Ojalá, de verdad, que Falafelito sea el primero de muchos.

